Cuando
la deslocalización de la producción empieza a no ser tan rentable como antes,
debido al alza del precio del crudo; el capitalismo redirige su insaciable y
voraz apetito hacia otras fórmulas que le permitan seguir engordando.
El
progresivo endeudamiento de los estados no es más que una estrategia forzada
por el capital para excusar la rebaja de los salarios y favorecer esa
relocalización que permita mantener o incrementar los beneficios de los
explotadores.
Pero la avaricia y la codicia de los especuladores al servicio de
este capitalismo no tiene límites. Marx y Engels, en el Manifiesto del Partido
Comunista, ya se preguntaban "¿Cómo se sobrepone la burguesía a las crisis
económicas?"; y respondían que "destruyendo violentamente una gran
masa de fuerzas productivas y conquistando nuevos mercados, a la par que
procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos". En este
sentido, aún quedan recursos que capitalizar al servicio de unos pocos: el agua
y los alimentos. Si bien con respecto al primero los intentos han sido algo
tímidos, la catástrofe alimentaria a la que nos vamos a enfrentar tiene un
cariz más inmediato, ya que la explotación capitalista sobre-explota y destruye
de forma progresiva el ecosistema del que depende la producción de alimentos.
Muchos de los principales bancos, alentados por
las grandes corporaciones; ofertan ya dentro de su cartera de productos las
llamadas commodities de la alimentación. Jugar con el precio de los productos
alimenticios básicos en las grandes bolsas se ha convertido en un filón muy
rentable para los inversores. Estos bancos, culpables para más inri de la
llamada "crisis subprime" (que no es más que otra demostración tácita
del capitalismo más feroz); crean fondos de inversión que permiten especular
con el precio de los alimentos de manera similar a lo que sucede con las
acciones de una empresa.
A modo de ejemplo, basta señalar que, con este tipo de
inversiones, Goldman Sachs ganó más de 1.100 millones de euros en 2009;
mientras que las ganancias de Barclays en ese mismo año ascendieron a unos 385
millones de euros. Según un informe de Lehman Brothers (ese gigante de Wall
Street que cayó fruto del despropósito especulador en torno a los créditos
subprime), el dinero de los fondos de inversión alimentarios pasó de 13.000 a
260.000 millones de dólares de 2003 a 2008.
Las consecuencias nefastas de esta estrategia
tienen su repercusión tangible en aquellos que son siempre el último eslabón en
el despiadado engranaje capitalista: obreros y agricultores, familias que ven
cómo el precio de los alimentos básicos de su cesta se encarece a ritmo
vertiginoso.
En 2008 se produjo a nivel global un alza en los precios con
graves efectos, llegando a producirse disturbios (como los sucedidos en Egipto,
donde el precio de los productos básicos se había duplicado en menos de cuatro
años) y caídas de gobiernos (como ocurrió en Haití). Además, dejando a un lado
las posibles condiciones meteorológicas adversas, cabe esperar que el
precio de los cereales, base de alimentación de millones de personas en el
mundo, sea inestable y superior a la media hasta al menos 2015. Esto condena a
millones de personas, para las que el desembolso en productos alimenticios
puede alcanzar el 80% de su salario, a la muerte por inanición.
La Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio
y Desarrollo (UNCTD), ya recomendó en el año 2008, durante la
anteriormente mencionada crisis alimentaria; que los alimentos debían ser
declarados como bien público y su precio fijado por negociaciones entre países
productores y países consumidores. De esta manera se evitaría que el precio de
los alimentos fuera fijado por las fluctuaciones en Bolsa. Sin embargo, el
poder de las grandes corporaciones multinacionales y el capital ha logrado
descartarlo. A pesar de que en términos generales se produce globalmente más
comida de la necesaria para abastecer a la población, gran parte de lo
producido llega en pésimas condiciones a los mercados; y en muchos otros casos
millones de personas no tienen dinero suficiente para poder comprarlo.
Esto nos lleva a expresar esta situación en
términos de socialismo o barbarie. El objetivo fundamental del capitalismo
sigue incólume: acumular plusvalía, ignorando la posibilidad de satisfacer las
necesidades de la sociedad. La solución a la crisis alimentaria queda pues en
manos de la clase obrera. No existe solución alguna por vía de las reformas
para convertirlo en un sistema más humano. No existe solución en la
transformación pacífica del capitalismo al socialismo. La única alternativa
viable es destruir el sistema, fundado en su necesidad de obtener el máximo
beneficio, para sustituirlo por un sistema cuya máxima preocupación sea la
satisfacción de las necesidades humanas ", y en el que los medios de producción pertenezcan a los trabajadores y trabajadoras.
¡TODO PARA LA CLASE OBRERA!
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